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El cachorro perdido en la nieve

Sergio Soikis25 de octubre de 20263 min de lectura

Un cuento de invierno, amor y esperanza.

La nieve caía silenciosamente sobre un pequeño pueblo rodeado de montañas. Era diciembre y el invierno había llegado con una fuerza que nadie recordaba desde hacía muchos años.

En medio de aquella inmensa blancura caminaba un cachorro de ovejero alemán de apenas cuatro meses. Tenía el pelaje negro y marrón, las orejas todavía un poco caídas y unos grandes ojos oscuros que miraban con miedo a su alrededor.

Se había perdido.

No sabía dónde estaba su madre ni dónde habían quedado sus hermanos. Hacía muchas horas que caminaba, hundiendo sus pequeñas patas en la nieve.

El viento soplaba cada vez más fuerte.

El cachorro tenía hambre, frío y estaba agotado.

Al llegar la noche, descubrió una pequeña luz entre los árboles. Era una casa de madera, con una chimenea de la que salía una columna de humo.

Reuniendo sus últimas fuerzas, llegó hasta la puerta y comenzó a arañarla suavemente.

Dentro de la casa vivía una familia: Daniel, su esposa Clara y sus dos hijos, Lucía, de diez años, y Tomás, de siete.

El cachorro perdido en la nieve

—Papá, escuché algo en la puerta —dijo Lucía.

Daniel se levantó, abrió y descubrió al pequeño animal temblando sobre la nieve.

—¡Dios mío! ¡Es un cachorro! —exclamó.

Lo levantó cuidadosamente y lo llevó junto a la chimenea.

Clara apareció con una manta, mientras los niños corrían a buscar un recipiente con agua.

El cachorro apenas podía mantenerse despierto.

—Pobrecito —susurró Lucía acariciándole la cabeza—. ¿De dónde habrás venido?

Lo envolvieron en una manta tibia y le ofrecieron un poco de comida.

Durante aquella primera noche, el pequeño ovejero alemán durmió profundamente junto al fuego.

A la mañana siguiente, cuando abrió los ojos, encontró a los dos niños sentados frente a él.

Tomás sonrió.

—¡Está despierto!

El cachorro movió tímidamente la cola.

—Tenemos que ponerle un nombre —dijo Lucía.

—¿Qué les parece Nieve? —preguntó Clara.

—¡No! —respondió Tomás—. ¡Se llamará Bruno! Porque cuando sea grande será fuerte como un oso.

Todos rieron.

Y así comenzó la nueva vida de Bruno.

Durante los días siguientes, Daniel preguntó por el pueblo si alguien había perdido un cachorro. También dejó avisos en los comercios, pero nadie apareció a reclamarlo.

Mientras tanto, Bruno se recuperaba rápidamente.

Aprendió a subir las escaleras, a reconocer las voces de los niños y a esperar cada mañana junto a la puerta de sus habitaciones.

Pero había algo que le gustaba especialmente: acostarse junto a la chimenea y apoyar su cabeza sobre los pies de Clara.

Una noche, mientras afuera continuaba nevando, Daniel observó al cachorro dormido entre sus hijos.

—Creo que Bruno ya encontró su hogar —dijo.

Clara sonrió.

—Y nosotros encontramos un nuevo miembro de la familia.

Pasaron los meses.

La nieve desapareció, llegaron las flores y Bruno creció hasta convertirse en un hermoso ovejero alemán, fuerte, inteligente y extraordinariamente cariñoso.

Nunca olvidó aquella puerta que se abrió cuando estaba a punto de morir de frío.

Cada invierno, cuando comenzaban a caer los primeros copos de nieve, Bruno se sentaba frente a la entrada y contemplaba el paisaje blanco.

Lucía, que ya era un poco mayor, se acercaba, lo abrazaba por el cuello y le decía:

—¿Te acuerdas, Bruno? Una noche llegaste aquí solito.

Entonces Bruno levantaba la cabeza, la miraba con sus grandes ojos oscuros y le lamía la mano.

Y aunque los perros no pueden contar sus recuerdos con palabras, parecía responderle:

«Sí, me acuerdo. Aquella noche perdí mi camino, pero encontré mi familia».

FIN.