¿Un perro gordo es más saludable? ¿Cuánto tarda en adelgazar?
Copito, el pequeño maltés que encontró una familia
Una historia de amor, compañía y fidelidad, desde su adopción hasta el último día de su vida.
Copito era un perro maltés de cuatro años, pequeño, de pelo blanco y sedoso, ojos negros y una nariz diminuta que parecía un botón. Había vivido con una familia que, por dificultades económicas, ya no podía cuidarlo.
Una mañana, un matrimonio de personas mayores fue a conocerlo. Apenas entraron, Copito se acercó lentamente, olfateó los zapatos del hombre y apoyó sus dos patitas delanteras sobre sus rodillas.
—Creo que ya nos eligió —dijo la mujer sonriendo.
Y así comenzó una nueva vida.
Los primeros días
Al llegar a su nueva casa, Copito recorrió todas las habitaciones. Olfateó los muebles, examinó la cocina y descubrió una cama pequeña con una manta azul.
Sin embargo, aquella primera noche no quiso dormir solo. Se quedó junto a la puerta del dormitorio, esperando.
El hombre lo vio y dijo:
—Ven, pequeño. Aquí nadie volverá a abandonarte.
Desde entonces, Copito durmió siempre cerca de sus dueños.
Durante las primeras semanas fue tranquilo, algo desconfiado y muy observador. Pero pronto apareció su verdadero carácter: alegre, inteligente, cariñoso y bastante travieso.
Aprendió rápidamente los horarios de la casa. A las siete de la mañana esperaba su desayuno. Cuando escuchaba abrir la heladera, corría a la cocina, convencido de que algo delicioso sería para él.
Si quería salir al jardín, se sentaba frente a la puerta y daba un pequeño ladrido.
Nunca fue un perro agresivo. Cuando llegaban visitas, primero ladraba para anunciar su presencia y después exigía caricias.
Un compañero inseparable
Pasaron los años.
Copito cumplió seis, ocho y diez años.
Su dueño acostumbraba sentarse todas las tardes a escuchar música clásica. Copito se acomodaba a sus pies y permanecía inmóvil durante largos ratos.
Cuando sonaba una ópera, a veces levantaba la cabeza, como si quisiera comprender aquellas voces.
La mujer decía:
—Este perro tiene alma de músico.
Copito también tenía sus costumbres. Cada noche, antes de dormir, recorría la casa como un pequeño guardián. Revisaba la cocina, el salón y finalmente regresaba al dormitorio.
Si alguno de sus dueños estaba enfermo, permanecía a su lado. No necesitaba palabras para comprender que algo ocurría.
A los doce años comenzó a caminar más despacio. Ya no saltaba fácilmente al sofá y sus paseos se hicieron más cortos.
El veterinario explicó que era natural: Copito estaba envejeciendo.
Sus dueños colocaron una pequeña rampa junto al sofá y una alfombra para evitar que resbalara.
Los años de la vejez
A los catorce años, Copito dormía muchas horas. Su pelo seguía siendo blanco, aunque algo más fino, y sus ojos habían perdido parte de su brillo.
Ya no escuchaba bien.
Sin embargo, reconocía perfectamente el olor de sus dueños.
Cuando el hombre regresaba de la calle, Copito levantaba lentamente la cabeza y movía la cola.
A los quince años necesitó una alimentación especial y controles veterinarios más frecuentes.
La mujer lo cepillaba cuidadosamente todas las mañanas.
—Sigues siendo mi cachorro —le decía.
Y Copito, aunque cansado, le lamía suavemente la mano.
El último invierno
Copito tenía dieciséis años cuando llegó su último invierno.
Una mañana fría, no quiso levantarse. Bebió un poco de agua, pero apenas comió.
El veterinario lo examinó. Su organismo estaba muy debilitado y, pese a los cuidados, su estado continuó empeorando.
Sus dueños comprendieron que se acercaba la despedida.
Prepararon su manta azul, aquella misma que había encontrado cuando llegó a la casa doce años atrás.
El hombre se sentó junto a él y le acarició la cabeza.
—¿Te acuerdas, Copito, cuando llegaste? Eras un pequeño desconfiado y terminaste siendo el dueño de toda la casa.
Copito abrió los ojos y movió apenas la cola.
Aquella noche, acompañado por sus dos seres queridos, murió tranquilamente.
La casa quedó silenciosa.
Durante semanas, el matrimonio siguió mirando instintivamente hacia su cama vacía.
Un día, la mujer encontró una fotografía de Copito cuando tenía cuatro años.
La colocó sobre una mesa, junto a su collar.
Y debajo escribió:
«Llegaste a nuestra casa con cuatro años. Nos regalaste doce años de felicidad. Nunca fuiste solamente nuestro perro. Fuiste parte de nuestra familia».
Porque los perros viven menos que nosotros, pero el cariño que dejan puede acompañarnos durante toda la vida.

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